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Me volví traidor...


...y no he dejado de serlo. Por mucho que me meta por entero en lo que hago, que me entregue sin reservas al trabajo, a la ira, a la amistad, sé que en cualquier instante lo renegaré, lo quiero así y me traiciono ya, en plena pasión, por el alegre presentimiento de mi futura traición. De una manera general, mantengo mis compromisos como cualquier otro; soy constante en mis afectos y en mi conductas pero infiel a mis emociones; hubo un tiempo en que me parecía hermoso el ultimo monumento, cuadro o paisaje que hubiera visto: enojaba a mis amigos evocando cínica o simplemente con ligereza - para convencerme de que me sentía desapegado- un recuerdo común que podía ser precioso para ellos. Al no poder quererme lo bastante, huí hacia adelante; resultado: aún me quiero menos, esta inexorable progresión me descalifica constantemente ante mi mismo: ayer actué mal porque era ayer y presiento hoy el severo juicio que haré mañana sobre mí. Sobre todo, nada de promiscuidad: mantengo a mi pasado a respetuosa distancia. La adolescencia, la edad madura, hasta el año que acaba de pasar, serán siempre el Antiguo Régimen; el Nuevo se anuncia en la hora presente pero no está instituido nunca: mañana afeitarán gratis. Sobre todo taché mis primeros años; cuando empecé este libro necesité mucho tiempo para descifrar todas las tachaduras. Había amigos que se extrañaban, cuando tenía treinta años: "Se diría que no ha tenido padres. Ni infancia". Y era tan tonto como para sentirme halagado. Sin embargo aprecio y respeto la humilde y tenaz fidelidad que determinadas personas -sobre todo las mujeres- mantienen por sus gustos, sus deseos, sus antiguas empresas, por las fiestas desaparecidas; admiro su voluntad de seguir siendo los mismos en medio del cambio, de salvar su memoria, de llevarse con la muerte la primera muñeca, un diente de leche, un primer amor. He conocido a hombres que se acostaban ya tarde con una mujer envejecida por la sola razón de que la habían deseado en su juventud; otros tenían rabia a sus muertos o se habrían batido antes de reconocer una falta venal cometida veinte años antes. A mí no me duran los rencores y confieso todo, complacientemente; estoy muy bien dotado para la autocrítica a condición de que no pretendan imponérmela.

J.P.S: "Las Palabras".

Un día...

...mientras estudiaba, sentada ante el escritorio de papá, advertí al alcance de mi mano una novela de tapa amarilla: Cosmópolis. Cansada, con la cabeza vacía, la abrí con un gesto maquinal; no tenía intención de leerla, pero me parecía que aún sin reunir las palabras en frases, una mirada lanzada al interior del volumen me revelaría el color de su secreto. Mamá apareció detrás de mi: "¿Qué haces?", "¡ No debes!" -dijo ella-. Nunca debes tocar los libros que no son para ti. Su voz suplicaba y había en su rostro una inquietud más convincente que un reproche: entre las páginas de Cosmópolis un gran peligro me acechaba.
...Mi prima Madeleine, sin embargo, leía cualquier cosa. Papá se había indignado al verla, a los doce años, sumida en "Los tres mosqueteros".
En 1919, mis padres, que habían encontrado en la rue de Rennes un apartamento menos costoso que el boulevard Montparnasse, nos dejaron a mi hermana y a mi en La Griellère hasta las dos primeras semanas de octubre, para mudarse tranquilamente. De la noche a la mañana estábamos a solas con Madeleine. Un día, sin premeditación, entre dos partidas de croquet, le pregunté de qué trataban los libros prohibidos; no tenía la intención de hacerme revelar el contenido; solamente quería comprender por qué razones estaban prohibidos.
Habíamos dejado los mazos, nos habíamos sentado las tres sobre el césped, en el borde de la pista donde estaban plantados los arcos. Madeleine vaciló, se echo a reir y se puso a hablar. Nos mostró su perro y nos hizo notar dos bolas entre sus piernas. "Y bien -dijo-, los hombres también las tienen"....

S.B "Memorias de una joven formal".

Desde mi cuarto...

...oía a mi padre conversar de noche con mi madre y ese apacible murmullo me mecía; una noche, mi corazón casi cesó de latir, con voz pausada, apenas curiosa, mamá interrogaba: "¿A cuál de las dos chicas preferís?". Esperé que mi padre pronunciará mi nombre, pero, durante un instante que me pareció infinito, vaciló: "Simone es más reflexiva, pero Poupette es más cariñosa...". Siguieron pensando el pro y el contra y diciendo lo que les pasaba por el corazón: finalmente, se pusieron de acuerdo en querernos tanto a la una como a la otra: era lo que se lee en los libros: los padres quieren igual a sus hijos. No obstante sentí cierto despecho. No hubiera soportado que uno de ellos prefiriera a mi hermana; si me resignaba a una repartición imparcial, era porque estaba convencida de que sería a mi favor. Mayor, más sabia, más despierta que la menor, si mis padres sentían por nosotras la misma ternura, al menos debían estimarme más y sentirme más cerca de su madurez.

S.B. "Memorias de una joven formal".