En mis juegos...

...sólo admitía la maternidad a condición de negar los aspectos alimenticios. Despreciando a las demás niñas que se divierten con ellas con incoherencia, teníamos, mi hermana y yo, una manera particular de considerar a nuestras muñecas; sabían hablar y razonar, vivían dentro del mismo tiempo que nosotras, con el mismo ritmo, envejecían veinticuatro horas por día: eran nuestros dobles. En la realidad, yo era más curiosa que metódica, más fervorosa que detallista, pero solía perseguir sueños esquizofrénicos de rigor y de economía...
Aceptaba la discreta colaboración de mi hermana a la que ayudaba imperiosamente a educar a sus propios hijos. Pero no aceptaba que un hombre frustrara mis responsabilidades: nuestros maridos viajaban. En la vida, yo sabía, es totalmente distinto: una madre de familia esta siempre flanqueada de un marido; mil tareas fastidiosas la abruman. Cuando evoqué mi porvenir, esas servidumbres me parecieron tan pesadas que renuncié a tener hijos propios; lo que me importaba era formar espíritus y almas: me haré profesora, decidí.


S.B. "Memorias de una joven formal"